58 años

“No era això companys, no era això

pel que varen morir tantes flors

pel que vàrem plorar tants anhels.

Potser cal ser valents altre cop

i dir no, amics meus, no es això”

Hacía dias que no me podía quitar de la cabeza esta melodía de Lluis Llach… me transportaba a otros tiempos, de juventud, de no conformarse, de luchar, de plena vitalidad…

Ahora en cambio hacía tiempo, demasiado tiempo, que no estaba bien. No tenía ninguna enfermedad seria pero alguna cosa no funcionaba; un no tener ganas de hacer nada y a la misma vez sentirse llena de ideas i ganas de hacer, pero sentir que el cuerpo no te acompaña.

Ya hacía tiempo de la menopausia y todo había ido muy bien; los típicos sofocos, que duraron poco o una cierta subida de peso que al cabo de tres o cuatro años disminuyó. Pero comencé a tener las primeras molestias y después dolor cuando tenía relaciones sexuales y a tener infecciones de orina periódicamente. Todo ello hacía que no tuviera ganas de tener relaciones, cuando yo siempre había sido una mujer activa y había disfrutado mucho. De nada sirvió consultar médicos; ni el ginecólogo ni el urólogo solventaron nada.

En resumidas cuentas, entré en una espiral extraña, pues no encontrarse bien te lleva a preocupaciones irreales; acabas cayendo en los tópicos de que al igual ya has perdido la libido debido a la edad, y a los malos entendidos en la relación de pareja, ya que tú obviamente no tienes ganas si te duele, pero la pareja no siempre lo entiende así. Y se mezclan los sentimientos, las dudas, desconfianzas, y no sabes explicarlo ni entiendes del todo por que no tienes ganas. Se va liando la madeja hasta el punto de hacer tambalear la propia pareja.

Pero en el fondo, mi talante siempre ha sido el de una mujer luchadora, de las que cuando hay obstáculos en la vida o algo no funciona no se conforma y lucha para encontrar otra vez el equilibrio. Por lo tanto, no aceptaba esta nueva situación como una cuestión de edad! No, el simple y natural hecho de ir cumpliendo años no tenía porqué invalidarme para continuar haciendo mi vida, incluyendo una vida sexual plena. O es que por que el calendario marque una fecha ya has caducado como los yogures? Evidentemente no, pero aunque yo me revelara, seguía sin encontrar una salida…

Y el universo fue generoso conmigo y me escuchó: un sábado, en uno de esos pequeños momentos de felicidad que para mi es tomarme el café de la mañana en el jardín leyendo el periódico, llegué a una de mis secciones preferidas, La Contra, del diario La Vanguardia, y comencé a leer… “Hay más mujeres con vaginismo de lo imaginable”, entrevista de Víctor M. Amela a Pilar Pons, fisiterapeuta de suelo pélvico. Mientras iba leyendo tuve una especie de clarividencia: es ésto lo que me pasa, por fin he podido poner nombre a mi malestar, vaginismo secundario!!

Fui corriendo al ordenador y, en lugar de perderme por internet buscando más información y/o desinformación, envié directamente un email a Pilar Pons, no sin antes dudar, lo confieso, de si me contestaría o no. No solo lo hizo, sino que además lo hizo con una celeridad envidiable, y que agradezco profundamente. Al dia siguiente, domingo por la tarde, encontré en la bandeja de entrada de mi correo su respuesta, y el lunes por la mañana solicité visita en su consulta. En breve me puse manos a la obra; aprender los ejercicios, y hacerlos!

En unos pocos meses todo cambió, recuperé mi autoestima, mi empuje, me encontraba mejor, y no solo pude volver a disfrutar de mis relaciones sino que éstas se enriquecieron incorporando algunos ejercicios.

Ésto me llevó a conocer otras mujeres que les pasa lo mismo, pero que callan, o lo que es peor, aceptan que perder la libido es un hecho natural con la edad, como tener molestias. Se conforman por que creen que solo les pasa a ellas. Pues no, hay que rebelarse, y en todo caso, aceptar que con la edad lo que quizá se resienta es la parte física de nuestro cuerpo, no nuestra mente ni nuestro deseo.

 

Hace falta dejar de ser invisibles, que se acepte que el vaginismo es una afección física y no mental que existe, sobre todo en el caso del vaginismo primario, y que los profesionales lo reconozcan. Por qué si te duele un brazo o un tobillo te envían al traumatólogo, y si no te puedes poner un tampón o tener penetración te envían al psicólogo?

Fuente: “El silencio pélvico”